Ya lo había dicho, en el ayer y a su manera, David Hammons. Suscribo. A mi manera y en mis tiempos, repito. El arte huérfano de opinión y compromiso es aburrido.
Nadie se salva de este señalamiento. Conviven muy a gusto en este ecosistema soporífero: artistas, benefactores, público, etc. Hace unas décadas, estos componentes bióticos pecaban de ser excesivamente educados y conservadores. Se obstinaban por la crítica en lugar de la comprensión. Vivían negados a la diversión. Hoy, por el contrario, son cultores de la ligereza y la idiotez.
No codicio decidir lo que está bien y lo que está mal. No sugiero la erradicación de estas manifestaciones. No pretendo la prohibición de su consumo.
Denuncio su proliferación y, para compensar el peligroso desbalance que nos acontece por su culpa, exijo más artistas posicionados. Reclamo este y todos los otros sinónimos más tímidos y discretos del «artista político». Maldigo a los productores convenencieros. Rezo por más consumidores sensatos. Agradezco a los descomponedores ecuánimes.
Ilustración y notas:
Hay tres tipos* de artistas posicionados. (*Las categorías no son exclusivas entre sí. Por tanto, cualquiera podría sentirse identificado como más de un espécimen a la vez.)
- Artista divulgador: Mediador entre el conflicto y el público (decodifica lo complejo en sencillo, visibiliza, circula información)
- Artista analista: Intérprete crítico (codifica lo sencillo en complejo, investiga, reflexiona, problematiza)
- Artista activista: Actor político (interviene, transforma, moviliza)
Fuente: El artista posicionado. Arte político, social y comprometido en contextos de conflicto (Laura Tortosa, 2019).
