Este no es un cuento de Samanta Schweblin*. Yo no he matado. El animal en cuestión es una araña casera o de rincón; tímida y solitaria; venenosa al parecer, pero solo en defensa propia; dependiendo de la luz, es parda o carmín. No le he puesto un nombre. ¡Qué ridiculez! No es una mascota.
Vive debajo del marco de la puerta que conecta el salón con las escaleras. Sale de noche. Así nos conocimos. Rara vez se asoma de día. Si me ve, se queda quieta. Yo soy quien se pone más nerviosa. ¿Ya conté que la araña era tímida? Bueno, pues ambas lo somos. ¿Qué podría decirle? Prefiero no estorbar. Hago el ademán de subir o bajar las escaleras para poder observarla, sin su consentimiento, a través de las barandillas. Inmediatamente me ausento, ella corre hacia su escondite, su habitación o tal vez su propio departamento.
Cada tanto, desaparece durante unos días. Odio eso. Me llena de preocupaciones. ¿Se la habrá llevado la lluvia como a Itsy Bitsy Araña? ¿Algún vecino es ahora su asesino? ¿Quién? ¿Podré descubrirlo para vengar su muerte? Siempre vuelve. Supongo que solo sale por comida. Yo, por lo pronto, estoy esperando la temporada de las moscas para mandarle un presente, un poco de carne fresca. Nunca le dí la bienvenida.
Hace unos cinco días que no regresa. Sé que se fue, porque me la encontré subiendo las escaleras de camino a la azotea. Ya se pueden imaginar la escena. Ella iba por los techos, desafiando a la gravedad. Yo, esclava de la misma, de la manera más simplona y bochornosa, iba subiendo escalón por escalón. Cuando estuvo exactamente sobre mí, ambas nos detuvimos en seco. Nos miramos fijamente. Nos despedimos, no sé si para siempre o hasta pronto. Como es su costumbre, se quedó quieta. Yo me fui corriendo para aliviar el tráfico. ¿Qué podría decirle? Es un animal ocupado.
*Matar a un perro (Samanta Schweblin, 2013).
Ilustración y notas:
Dice la leyenda… Aracne, la mejor tejedora de Grecia negó que sus habilidades le hubiesen sido concebidas por los dioses y afirmó que superaban a las de Atenea. La diosa, por furiosa, desafió a la humana a una competencia. Tejieron por varias horas y sin descanso. Atenea representó el esplendor de los dioses y Aracne, con más destreza, sus divinos defectos. Atenea, que había sido humillada, la convirtió en la araña originaria y la condenó a tejer de por vida.
