Transcripción

No me olvides

Mi primer perro era de color marrón hígado, panza ploma, nariz y uñas negras. No puedo recordar muchas otras cosas. No lo vi morir. No me despedí. Cuando le pienso, me duele algo en el pecho. Tengo un suspiro contenido.

Hace tres meses, murió su hermano menor: mi otro perro de color marrón riñón, nariz chocolate, panza y uñas blancas. Dejó de existir a las nueve de la mañana, en mis brazos, mientras me miraba con sus ojos de iris mostaza. Lo enterramos como a las dos de la tarde, por lo que tuve, a mi disposición, por cinco horas, sus restos sin vida. Muerto, se veía hermoso, tranquilito, delicadito. Le repasé todo el cuerpo con caricias, besos, mordiscos y miradas. Creo que lamí un poco de caca, vómito y otros fluidos en el proceso, pero no me importó. Su carne nunca dejó de estar tibia. Así, le ayudé a parir sus últimas muecas e hice una radiografía mental de todos sus dientes chuecos y su cuerpo patas arriba, patas abajo. Esta vez tenía una misión: no olvidarlo y que ya no me duela el pecho, sino el estómago de la risa al recordarlo.

Este es un aviso y prácticamente una amenaza. Cuando papá o mamá estiren la pata, olvídense del velorio comunitario. Ese día estaré demasiado ocupada intentando no olvidar. Planeo arrancarle un diente a cada uno para encadenarlos a mi pecho. ¿Podré hacerlo con un alicate o eso me lo guardo para quien se atreva a molestarme?

Ilustración y notas:

“No me olvides” se llama esa flor, normalmente de color azul claro, que se adhiere a la ropa como el velcro. Es pegajosa. No se va o se va solo contigo.

Mi perro dejó un canasta llena de no me olvides: Sus dos platitos, tres arneses, dos camisas, dos gorras, un esmoquin, un disfraz de Superman, estampas de sus huellas digitales, una mantita vomitada, un periódico orinado, uñas, bigotes, pelos… y prontamente un colmillo que aún está pendiente de exhumación.