Mi etiqueta identitaria de género es: mujer. Ni siquiera lo decidí yo. Nací. Me abrieron las piernas para distinguir mi sexo. ¡Vagina! Fin de la historia. Entonces, ¿si se supone que este es el sentido natural de mi existencia, por qué debo desnaturalizarme para sobrevivir? Por ahora, solo es una pregunta al aire. Estoy disidiendo. Es junio, el mes de la duda y la incomodidad.
