Oscar Wilde quería claveles verdes. Exactamente, los necesitaba el 20 de febrero de 1892. Los mandó a comprar y teñir con celeridad, porque naturalmente de ese color no existen. Solo así, con el capricho concedido, presentó su obra teatral “El abanico de lady Windermere” en el St. James Theatre. Aquella noche, lucieron un clavel verde en la solapa del traje, el primer actor, el autor de la obra y varios jóvenes apuestos, que habían sido estratégicamente acomodados, por disposición del escritor, entre la gente del público. Eso es lo que cuenta la leyenda. El plan era sembrar una duda tan irresistible como escandalosa. Todos querían resolver el misterio de los claveles verdes. ¿Se trataba de una secta mística (NO), del orgullo irlandés (¿POR QUÉ NO?) o de un emblema gay (¿TÚ QUÉ CREES?)? El maldito nunca lo explicó. En todo caso, solo declaró, insolente, que aquello significaba “nada en absoluto”. Azuzador. No era la primera vez que usaba una flor para alborotar la moral y abanderar su extravagancia. De hecho, se dice que, tan estiloso y rebelde como era, solía adornar el ojal de sus trajes con un girasol o lirio; si la flor era demasiado grande, la llevaba en mano. También, se sabe que adornaba con las mismas sus habitaciones de universitario.
Proclamó alguna vez: “lo bello parece siempre nuevo y siempre delicioso, y nunca puede pasar de moda, igual que nunca pasa de moda una flor”.
Ilustración y notas:
Flores obscenas: girasol, lirio, clavel.
