Adoptamos a mi perro como a los tres o cuatro meses de su vida. —¿Hay comida? Perfecto. Aquí me quedo y me aguantan —casi puedo asegurarles, eso fue lo primero que dijo. Esa es su filosofía de vida: comida, techo, sexo y máxima devoción a su madre que, por si no parece obvio, también es la mía. —Todos los demás pueden pisar mi mierda —diría él. Es simple.
El humano, por otra parte, nace rodeado de una geografía llena de historia, reivindicaciones pendientes, orgullos y vergüenzas, verdades y mentiras, pasado y futuro, alegrías y tristezas compartidas, dioses, patria, familia y una larga fila de antepasados anónimos. Es complejo.
Mis mayores respetos para quienes deciden cargar, responsable y conscientemente, sobre sus hombros, la defensa de todo lo anteriormente nombrado. Yo soy ingrata, incluso más que mi perro. A este, al menos se le ve firmemente preocupado por dejar un lindo, estético y bien logrado rastro de feromonas por las calles de su ciudad que, por supuesto, también es la mía. —Este es mi legado para la posteridad —proclamaría él, si pudiera. De hecho, ya me lleva litros de orina de ventaja y casi me iguala los kilómetros. Debería darme vergüenza.
Ilustración y notas:
- En celeste: Humana ingrata (yo)*
- En amarillo: Perro meón
- En verde: Humana ingrata con perro meón
*Debo aclarar que yo NO usé mi orina. Solo me limité a ilustrar un trazo de mi ciudad, compuesto por los lugares que he recorrido en mi cotidianidad y soy capaz de recordar. Lo sé, no es tán poético como lo de mi perro.
