Jesús, consciente de su cruel destino, viajó a Jerusalén para cumplir su profecía. Se presentó como un rey justo y trayendo salvación, humilde y montado sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna (Zacarías 9:9), en el que ningún hombre ha[bía] montado (Marcos 11:2).
Había pedido expresamente: Id a la aldea que está delante de vosotros, y enseguida hallaréis un asna atada y un pollino con ella; desatadla y traédmelos (…) y trajeron el asna y el pollino, y pusieron sobre ellos sus mantos; y él se sentó encima (Mateo 21:1–7). Así pues, el amigo que nos ama cuyo nombre es Jesús, como el más experimentado equilibrista de todos los tiempos, apareció montado simultáneamente sobre estos dos animales. Estoy mintiendo. Es una broma. Seguramente, como dicta la memoria popular, solamente se montó sobre el pollino que, por su inexperiencia, aún necesitaba ser acompañado y guiado por su progenitora.
No eligió un caballo regio y experimentado, símbolo de fuerza y poder. Lo habría hecho algún rey de la época para demostrarse poderoso e indispuesto para las crucifixiones. El mismísimo hijo de Dios, en cambio, prefirió un asno, un animal humilde y pacifico. Específicamente, un hijo de asna, joven e inexperto. Jesús definitivamente era y es la meca de la humildad.
Ya en Jerusalén, le gritaban: ¡Hosanna! (Mateo 21:9), lo mismo que “sálvanos”. Muchos pensaron que venía a socorrerlos de la opresión romana. El mesías, como siempre, apuntaba a los cielos, iba a salvarlos pero del pecado. En fin, esa historia la conocemos todos.
De pequeña, Jesús me parecía un poco tonto, demasiado bonachón y un tanto cobarde. Ahora, leyendo entre líneas, creo que hasta le tengo envidia. Ya forma parte de mi selectísimo top de ídolos, gurús, a.k.a. rockstars de la ética y la moral. No estoy mintiendo. No es una broma.
Fuente: The human choice. Individuation, reason, and order versus deindividuation, impulse, and chaos (Zimbardo, 1969).
