Transcripción

No te conozco

La primera vez que pisé un colegio mixto me enamoré de una gorra roja, digo, del muchacho que la tenía puesta. Fue definitivamente su fachada despreocupada lo que flechó mi corazón adolescente. La mañana siguiente me sorprendió con una desgracia: se había quitado la gorra. Lo busqué todo el día. Pasé otros cinco años teorizando. Nunca descubrí quién fue, pero tengo mis sospechas.

No soy buena recordando rostros. Será que yo soy demasiado ensimismada. No es prosopagnosia. No es tan grave. No es ceguera, aunque la mía definitivamente agrava la situación. No quiero usar lentes en público. Entonces, sí es un poco de coquetería. Pero no es malcriadez. No es patanería. Será que yo soy un poco negligente. Será que tú eres intrascendente. Será que la culpa la tienes tú por alterarte. ¿Tengo yo que disculparme por no saludar? ¡Pídeme perdón tú por quedarte calvo y no haberme avisado! El pelo de tú cabeza era lo único interesante que tenías. Yo ya no te conozco. 

Ahora, vas a tener que meterle más onda a tu avatar, porque pelados conozco muchos iguales. Yo solo reacciono con características pregnantes: narices con personalidad, maquillajes increíbles, lookazos, pelazos, cuerpazos, etc. Para mi mala suerte, nada es perenne. En estos tiempos, ni siquiera es así una nariz, menos entonces la ropa, las greñas o las gorras. 

Ilustración y notas:

En mi cabeza, las personas adquieren una forma por pura insistencia de la costumbre. Por supuesto, las personas de alta pregnancia destacan desde el principio. Son casos icónicos: mi vecina con cuerpo de cono de helado de doble bola y mi tía “la cleopatra”. Con ellas no hay permiso para el olvido.