Una noche, como todos los niños cuando descubren la muerte, papá me encontró llorando en la habitación. Yo había descubierto el TIEMPO. Pregunté: —¿Cuándo acabará mi sufrimiento? —Por supuesto, a los 3 años, la vida ya me parecía complicada. Él solo respondió: —Cuando seas grande.
Poco después, le pedí a mamá adiestrarme en la lectura del reloj. No le entendí. Como tampoco les importó a profesores ni doctores, se lo pedí a quién sí: una prima, aproximadamente de mi edad, tal vez la peor influencia para una enana de tan serias preocupaciones.
Así, para soportar el paso del tiempo o el peso de la vida, aprendí a calcularme el propio tiempo; alienarme, fundirme, disolverme entre las horas, los meses y los años; con todas mis fuerzas, porque el futuro me habían prometido, ponerme a esperar, soportar, sobrellevar, aguantar, tolerar y resistir. Papá me mintió. La vida no se volvió más sencilla mientras crecía. Al contrario, parece degenerarse. ¿Cómo es que nadie me lo advirtió antes?
El tiempo, visto hacia atrás, desde donde ahora existimos, se compone de la persistencia de todas nuestras memorias y, por antonimia, de nuestros olvidos. Si tuviera que describir mi vida (mi tiempo), lo haría en forma de relojes deformes de quesito camembert apiñados unos sobre otros. Yo sería un monstruo, un cuadro de Dalí.
